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viernes, 12 de marzo de 2010

EL CANDIDATO IDEAL


Un fuerte resfrio me alejo de mi pc, pero aqui estoy de nuevo esta vez para compartir el analisis de un libro hecho por un experto el Dr. Alfredo Iturrigaray, escritor y analista mexicano,autor del libro "Tlaltelolco"que nos servira para ampliar nuestros conocimientos en esta area,espero les agrade y por favor escriban y diganme que tipò de informacion les gustaria ler ,en que tema buscan asesoramiento
gracias
Gianna






Alfredo Iturrigaray
fmbroadcast02@hotmail.com



Desde los comienzos de la civilización se ha reflexionado acerca de las virtudes de los buenos gobernantes y de los políticos en general, pero con la aparición del problema de seleccionar a los hombres para asumir el poder político mediante el voto de los ciudadanos comunes, surgieron los candidatos que, con su toga de color blanco, candidus, se esforzaban por simbolizar su pureza, la cual exponían al escrutinio público.
El candidato es el recurso más valioso para las campañas políticas; él es el que está al centro de la campaña; él es la raspón por la cual existe ésta y es el asunto principal a partir del cual el elector juzgará la campaña; un candidato inadecuado puede provocar la ineficacia de todas sus acciones y el desprestigio del partido por largo tiempo.
El objetivo del presente ensayo es analizar la figura del licenciado Gonzalo Vigueras, personaje de la obra narrativa de Enrique Berruga, El Martes del Silencio (1), como candidato a ocupar la gubernatura provincial de un Estado del norte del país. ¿Qué errores se cometieron al lanzarlo como candidato para ocupar un puesto estratégico e importante en la región? Indudablemente muchos, comenzando con la desesperanzadora dirección de la campaña electoral a cargo de Salvador Pizarro; sin embargo me limitaré a comentar únicamente los desaciertos en la elección en la figura de Vigueras por parte del partido oficial como candidato.
Hoy, en las sociedades democráticas modernas, el problema de evaluar las virtudes de los candidatos que garanticen el mejor desempeño posible de los puestos públicos, se ha vuelto tan complejo como las propias tareas del gobierno, de modo que ahora las virtudes de un buen candidato no son necesariamente las mismas de un buen gobernante, pues la capacidad de comunicación persuasiva , determinante para el éxito de una campaña, no es suficiente para el manejo competente del gobierno. Por eso, en países como Estados Unidos y recientemente en nuestro país, han aparecido voces de alerta de que, más que políticos y estadistas, el sistema electoral se está produciendo muy buenos “campañistas”.
Enrique Berrguga nos muestra a un Gonzalo Vigueras, sin esa capacidad de comunicación, ya no digamos persuasiva, sino de comunicación oral. Un candidato que se salta párrafos de un discurso preparado (seguramente de la autoría de algún asesor) sin conocer a los electores, un candidato que no sabe llamar la atención de su público, que no sabe qué decir al electorado; al fin y al cabo, un candidato que ni siquiera espera los aplausos al finalizar su discurso y que está consciente de su fracaso en cuanto a su capacidad comunicativa.
Diversos autores contemporáneos han vuelto a pensar acerca de las cualidades deseables en un candidato (2), a la luz de las exigencias de las campañas electorales modernas, las cuales se esfuerzan por presentar a los candidatos como poseedores de las mejores cualidades que el electorado considera importantes en sus representantes.
Para González Llaca (3), la teoría y la práctica se han encauzado hacia la búsqueda de los elementos públicos y privados del hombre político ideal, que garanticen la confianza y la popularidad; según Schwartzenberg (4), por ejemplo: 1) Edad, títulos, experiencia profesional. 2) Hijo del pueblo y self made man. 3)El knack. 4) La esposa. 5) El círculo familiar. 6) Vestimenta. 7) La patria chica. 8) Competencia. 9) Energía. 10) Innovador. 11) Abierto al diálogo. 12) Sencillez. 13) Rigor moral. 14) Su sentido del humor, su sonrisa, su alegría de vivir. 15) Su ocio.
Víctor Gordoa (5), asesor en imagen pública, ha diseñado la imagen del candidato ideal: debe representar un ser influyente, experimentado, pacífico, entrenado, honesto, seguro, activo, sano, informado, dulce, justo, calificado, franco, liberal; en contraposición, no debe representar el no tener influencia, no ser experimentado, ser querellador, carecer de entrenamiento, ser deshonesto, tímido, pasivo, enfermo, estar mal informado, ser agresivo, injusto, no tener calificación, ser hipócrita y conservador. Para Gabriela Vargas (6), el retrato ideal del candidato es: competente, honesto, abierto al diálogo y enérgico.
Con base en los autores contemporáneos mencionados y de acuerdo con sus planteamientos sobre el candidato ideal, procederé a hacer el análisis pertinente a Gonzalo Vigueras. El candidato estuvo muy lejos de asegurar la popularidad a la que se refiere González Llaca, en cuanto a que nadie tenía conciencia de su identidad ni de su carrera pública, a pesar de las biografías, ensayos, boletines y monografías difundidos por el partido. Era tal el desconocimiento de la figura política del candidato por parte de los electores, que incluso lo considerarían un ser mitológico por la lejanía que sentían ante el imponente rostro que aparecía en los carteles en cada esquina de los poblados.
No era hijo del pueblo, era descendiente de una estirpe de terratenientes y comerciantes de opulencia. El único contacto que tuvo con la masa popular, se limitó a la época en que carecía de automóvil y utilizaba cotidianamente el metro, relacionándose y sudando hombro con hombro con obreros y los trabajadores de la capital. Lo irónico es que el mismo partido que lanzaba su candidatura difundía estos hechos, haciendo ellos mismos, la llamada en el proceso electoral “campaña negativa”.
Vigueras acostumbraba a vestir “de blanco hasta las suelas de los zapatos (7)” en un intento por reflejar la pureza de su persona. Esta imagen más que reflejar la imagen de un hombre puro, refleja un hombre anticuado, conservador y con un gusto fatal en el vestir.
Según los boletines oficiales, abandonó el seno familiar para someterse a los rigores de los estudios. Percibo yo más que una ventaja en abandonar el seno familiar para dedicarse a los estudios, una desventaja, pues la sociedad latinoamericana es una sociedad tradicionalista por excelencia, donde lo familiar es algo “sagrado”. Aunado a lo anterior, Vigueras no se cuidaba de esconder una relación amorosa “ilegítima” con una mujer estadounidense, Linda Brown, que además de no ser formalmente su esposa era de origen extranjero.
De acuerdo con Francisco Barranco (8), experto en cuestiones de marketing político, las características del candidato ideal son: joven, 40 años. Físico atractivo, pero no determinante, más valorado por el sexo femenino e inversamente proporcional al nivel cultural del entrevistado. Máxima honradez y sinceridad en sus planteamientos. Gran simpatía. Respetuoso de la religión católico. Progresista, pero no revolucionario. Pasado democrático. Carácter fuerte, enérgico. Buen orador. Pragmático y abierto a pactos con partidos o grupos. Realista en su ideología. Dinámico y activo. Pacifista, pero dispuesto a defender la soberanía y la independencia. Ideología centro izquierda moderado. Capacidad de decisión. Formación universitaria, aunque no determinante. Experiencia política suficiente, también en la empresa. No representar poder fáctico distinto al democrático. Curiosamente, el estudio de Barranco además encontró una ligera preferencia por parte de la población mundial al sexo masculino, indiferencia hacia un apellido famoso y hacia la relación con la administración del Estado.
En cuanto a la imagen física de Gonzalo Vigueras, lo que se puede saber con la narración de Enrique Berruga, es que el candidato era un hombre delgado, esquelético (“sus piernas, verdaderos litigios del sedentarismo burocrático (9)”), descolorido y débil (sus guardaespaldas lo protegían de los embates del clima), características que distan mucho de un físico atractivo y que con seguridad no resultaban atractivas para el electorado femenino. A esto debemos agregar la mirada agresiva y el comportamiento autoritario que exhibía en las campañas.
Gonzalo Vigueras sí poseía la formación universitaria requerida, era egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y poseía estudios en la Uniersidad de Georgetown en Estados Unidos. Después de realizar estos estudios, Vigueras ingresó inmediatamente a las filas de la burocracia nacional; en cuanto a la experiencia empresarial mencionada por Barranca, Gonzalo Vigueras rechazó las ofertas de trabajo que le hicieron varias empresas trasnacionales. Su experiencia política estaba inmersa en el sistema político predominante, el repudiado por la mayoría por sus acciones antidemocráticas.
Enrique Berruga menciona que el partido “jamás contempló la utilidad que le podría haber reportado aliarse con líderes naturales (...) para asegurar el triunfo de las elecciones (10)” lo que demuestra la incapacidad de apertura hacia nuevos colaboradores o aspirantes al poder así como una inminente intolerancia por parte del grupo político.
Antes de la visita del candidato Vigueras a cualquier poblado, los ciudadanos eran obligados por las autoridades regionales a barrer las calles; limpiar los monumentos públicos; cubrir “las paredes de pintura partidista, de mensajes políticos y de llamados a repudiar la influencia nefasta de cualquier cosa que no se pareciera o no se identificara con el licenciado Vigueras (11)”; a construir un estrado para que el candidato le dirigiera a la población algunas palabras; y finalmente a asistir puntualmente al mitin político donde sonaría la música y se oirían los vítores hacia el candidato ensayados semanas antes de su llegada. A pesar de todos los preparativos y de la afluencia obligada de la población (harta de toda esa farsa política), Vigueras se daba el lujo de llegar tarde a las citas; de nada servirían las fiestas que el partido y las autoridades locales preparaban, pues para cuando llegaba el candidato la población se encontraba cansada, aturdida y desolada.
Para Cathy Allen (12), los atributos positivos de algunos candidatos son: buen sentido del humor, capacidad para delegar, para hablar en público y para responder a preguntas difíciles; buenas relaciones con la prensa; facilidad para solicitar contribuciones; orientación hacia el trabajo duro; físicamente en buena forma; capacidad para el estudio rápido y habilidad para hacer sentir cómoda a la gente. En contraste, los principales atributos negativos de los candidatos son la aversión a pedir dinero para su campaña, temperamento que responde fuertemente al más ligero estímulo, dificultad para delegar, ser reservado y abrupto, dificultad para enfocar problemas de drogadicción o alcoholismo, tendencia a pontificar, combatividad y dificultad para confiar en los demás.
Como se puede corroborar con lo anteriormente expuesto, Gonzalo Vigueras distaba mucho de ser un buen candidato, un buen campañista y ya no digamos un buen político; su “única virtud consistía en poseer una lealtad canina hacia las autoridades del partido y hacia la burocracia estatal (13)”. Este candidato inadecuado es lo que provocaría la ineficacia de todas sus acciones en el gobierno y el desprestigio total del partido en la región.
Probablemente este problema, que se generaría meses más tarde después de la elección en aquella provincia, no tuvo su origen en el candidato que pasaría a ser gobernador (no por ser electo democráticamente), sino en el hecho de que el partido haya optado por un candidato que carecía de todas las capacidades mínimas requeridas, tanto por los estudiosos del proceso electoral, como del ciudadano común: “sin capacidad de comunicación, sin prestigio y sin ascendencia entre la población (14)”; de esto último su compañero de generación, Lorenzo Arvizu, llegó hacer mofa de él en una tertulia que ofreció Salvador Pizarro a los egresados de la Facultad de Derecho: “los únicos que podían acordarse de él en su pueblo eran las enfermeras que asistieron en el parto y la nana que le suministraba sus papillas (15)”.
Sin embargo, todas las virtudes y defectos señalados para los candidatos, según los estudiosos, a mi modo de ver, son culturales y contingentes a un determinada situación; asimismo, las características positivas y negativas al concretarse en una persona determinada forman un conjunto en donde algunos rasgos se equilibran y otros sobresalen o nulifican a los demás, y es este conjunto el que forma la personalidad o imagen pública de un candidato, el que puede ser o no atractivo para el electorado. De ahí la necesidad de la investigación de los candidatos en cada elección, porque no existe un modelo ideal para todas partes, para todo tiempo y para todos los electores; pese a que algunas cualidades, las deseables en cualquier persona, parezcan repetirse en el pensamiento de la mayoría de los autores mencionados así como para el electorado en general.

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